La psicoterapia individual como factor decisivo en el aprendizaje y la práctica de la Psicología como profesión

Es común escuchar del discurso coloquial expresiones risibles, pero un tanto despectivas, sobre la imagen y estereotipo del psicólogo. Expresiones como “psico-loco”, generan una efigie, incluso de la personalidad de dicho profesional. Las razones son simples: van desde una menesterosa cultura de salud mental en nuestra entidad, derivada de múltiples causas (que podríamos abordar en otro momento), hasta una imagen heredada a través de la historia acerca de la labor del profesional de la psicología. De ahí se desprenden expresiones como “para atender locos, hay que estar loco”, “yo no necesito la ayuda de un loquero”, etcétera. Ahora bien, si el discurso generalizado entre la población estuviera determinado por una conciencia y un conocimiento más amplio acerca de la labor del psicólogo, en cualquiera de sus áreas, dichas frases o expresiones hubieran ya caído en desuso.

Pero ¿por qué se dice que en nuestra entidad se carece de una cultura de salud mental? Querétaro como sociedad, aunque ha sufrido una gran explosión demográfica, permanece mermado en costumbres muy asidas que le han, hasta cierto punto, imposibilitado el cuestionamiento de tramas morales que conciernen a la conducta de los individuos. Tal es el fenómeno de la llamada “locura”; seguimos siendo de las pocas entidades federativas de todo el país que carece de un espacio para la atención psiquiátrica integral. Muchos argumentarán que no lo necesitamos; empero, más que verlo como un “manicomio”, debería considerarse como un espacio donde lo estigmatizado (en este caso la “locura”), deba tener un espacio de atención digna y adecuada; en otras palabras, el impacto de la política concierne a esta llamada “cultura de salud mental”.

Por otro lado, la universidad no está exenta de esta problemática. Es bien sabido que la psicología se ha colocado en las últimas décadas como una de las profesiones con más demanda entre los universitarios, lo que involucra una  señal en la transformación de dichos estigmas con respecto a la salud mental en nuestra entidad. Cada vez, es más la población que está interesada en estudiar lo referente a la conducta humana y sus implicaciones. Y a pesar de que los mismos estudiantes han luchado día a día contra dichos estereotipos y estigmas acerca de lo que es y lo que hace un psicólogo, no escapan a otro estigma que parece trascender más allá de los pasillos de la universidad: “Un psicólogo debe tener su propio psicólogo”, entendido este último como psicoterapeuta.

A partir de ello, es común escuchar (e incluso promover) que en beneficio de la “salud mental” de los profesionales (o futuros profesionales) de la psicología, deben ellos mismos someterse a procesos psicoterapéuticos, e incluso como requisito institucional para titularse o ejercer la profesión psicoterapéutica.

Las intenciones de tal argumento bien podrían confundirse con una promoción de la salud mental entre la población en general. Sin embargo, aquí nos enfrentamos a un problema de carácter ético y funcional en el sentido de los objetivos de una psicoterapia. Por supuesto, es menester promover la psicoterapia como una de tantas alternativas para mejorar la calidad de vida (por lo menos en los planos afectivos, cognitivos y conductuales) de la población; pero no hay que olvidar que no es ni la única ni la mejor opción. Es por ello que una primera razón para no “institucionalizar” académicamente los procesos psicoterapéuticos individuales (en este caso de los estudiantes de la carrera de psicología) es ofrecerlo como una opción, con sus múltiples beneficios a través de un contexto más adecuado, en este caso, un departamento de psicopedagogía.

Desde mi experiencia docente en la universidad me ha llegado a preocupar, la preocupación de los alumnos porque, de una u otra forma, han concebido la psicoterapia individual como requisito para ejercer la profesión, incluso para poder desarrollar aptitudes que le permitan ganarse el título de “psicólogos”.

La psicoterapia puede entenderse propiamente desde cada autor o desde cada enfoque, sin embargo, un punto de encuentro entre tantos paradigmas apunta hacia el bienestar del cliente (o paciente), a través de un proceso de comunicación. Ya desde hace mucho tiempo, más de cien años, S. Freud, creador del Psicoanálisis advirtió que: “Por algunas de mis observaciones habréis podido ya adivinar que la cura analítica entraña ciertas particularidades, por las que dista mucho de ser una terapia ideal. Tuto, cito, jucunde; la investigación y la rebusca en que se basa no auguran ciertamente una rápida obtención del fin curativo, y la mención de la resistencia nos habrá hecho sospechar la emergencia de dificultades poco gratas en el curso del tratamiento. Efectivamente, el tratamiento psicoanalítico plantea grandes exigencias, tanto al enfermo como al médico. Para el enfermo se hace demasiado largo y, en consecuencia, muy costoso, aparte del sacrificio que ha de suponerle comunicar con plena sinceridad cosas que preferiría silenciar”[1]. Lo anterior nos lleva hacia la conclusión de que la efectividad de un proceso psicoterapéutico depende en gran medida de las motivaciones del cliente, motivaciones derivadas de una necesidad y demanda del mismo proceso psicoterapéutico. Como dice en viejo refrán: “A fuerzas ni los zapatos entran”. Esa demanda de atención es el núcleo de todo proceso psicoterapéutico, de ahí se deriva una cantidad interminable de variables que pueden afectar de uno u otro modo dicho proceso.

Para argumentar lo anterior, es común (dentro de la práctica clínica) encontrarnos con casos, generalmente de niños y adolescentes, donde el paciente refiere no tener ningún motivo por el cual asiste a consulta, sino más bien, la familia, padre o madre, escuela o trabajo son los que solicitan y demanda el servicio para “esa” persona. Y aunque quien en realidad solicita la atención psicoterapéutica pueda entrever una problemática psicológica en el “cliente”, si éste último se opone o no muestra interés y disposición a la psicoterapia, pocos frutos se podrán brindar. Muchos especialistas en distintos campos argumentarán que la demanda no es  la principal fuente de “sanación” para un cliente (paciente), que existen variables como el rapport, la transferencia, la alianza terapéutica, los objetivos fijados, la gran experiencia del psicoterapeuta, entre otros para determinar el éxito de la terapia. No obstante, el “deseo” de acudir a psicoterapia es el principal motor de las variables anteriores.

Ahora bien, ¿cómo “institucionalizar” un proceso tan íntimo, subjetivo y personal en el marco de la universidad como parte de un requisito para el ejercicio, y no se diga, peor aún, para lograr el título, no sólo de “psicoterapeuta”, sino de “psicólogo” en general? Hoy en día se sigue creyendo, que el “psicólogo” es aquel que “atiende pacientes” (brinda atención psicoterapéutica). Hagamos una breve aclaración: La psicoterapia es brindada por psicoterapeutas capacitados, sin embargo, no todos los psicoterapeutas hoy en día son psicólogos. Si lo vemos por el otro lado, no todos los psicólogos son psicoterapeutas, es más, no todos los psicólogos clínicos son psicoterapeutas; es decir, la psicoterapia es una actividad que puede realizar un psicólogo, pero no la única. Es momento de cambiar nuestra imagen del psicólogo al respecto, NO TODOS LOS PSICÓLOGOS SON PSISOTERAPEUTA, Y NO TODOS LOS PSICOTERAPEUTAS SON PSICÓLOGOS.

Actualmente, la psicología como disciplina se ha abierto camino entre las múltiples esferas de la vida humana, no sólo se restringe al sufrimiento o al malestar subjetivo, sus ramas se han popularizado en las últimas décadas a tal grado que es necesaria una especialización en la profesión. Áreas como la educativa, la organizacional, la social, entre otras, han ido ganando terreno a otras áreas como la industrial y la clínica. Necesitamos concebir que no todos nuestros alumnos en la universidad están interesados en ejercer la psicología clínica. El mercado laboral ofrece ya múltiples alternativas.

Nuestra universidad tiene una gran ventaja al respecto, nuestro plan de estudios ofrece una diversidad de campos que promueve la formación integral de psicólogos generales, lo que conlleva a que puedan insertarse en múltiples campos de trabajo, no específicamente clínicos. Por ello, diversificar la psicología en la universidad implica brindarles a los alumnos la posibilidad de elegir campos emergentes en su profesión, no encasillarlos a una visión meramente clínica, y ni mucho menos forzarlos a que se sometan a un proceso psicoterapéutico como requisito institucional.

Algunos profesionistas argumentarán lo contrario, que es necesario que los alumnos se “psicoanalicen”, y que con ello puedan aprender mucho mejor de sus deseos de ser psicoterapeutas, o psicólogos en general. Por supuesto que es válido, pero como SUGERENCIA. Nadie podría garantizar que tengamos mejores profesionistas en la psicología (independientemente de su área) si someten a un proceso psicoterapéutico, ni lo contrario. Así que esa decisión es del alumnado. Que podemos orientarlos, ¡por supuesto! Pero no obligarlos.

Dicha orientación le compete a un departamento de psicopedagogía al interior de la institución. El departamento de psicopedagogía no sólo tendría la intención de orientar a los alumnos de la carrera en psicología, sino a todos los alumnos en general.

El objetivo de un departamento psicopedagógico es contribuir a mejorar la calidad de la educación integral, mediante la ejecución de programas y actividades que coadyuven en el cumplimiento de un plan de desarrollo institucional; así como, la detección, evaluación y atención de las dificultades que interfieren. El servicio de orientación del departamento psicopedagógico se realiza en forma de “intervenciones orientadoras”. Por medio de ellas se promueve el perfeccionamiento de una persona de acuerdo con sus necesidades en las funciones que desempeña dentro del ámbito escolar, alumno, maestro o padre de familia, mediante programas y actividades con propósitos preventivos o correctivos.

En conclusión, el sugerir a los alumnos a acudir a psicoterapia como parte de su formación profesional es válido. Obligarlos puede prestarse a malas interpretaciones, tales como querer venderles un servicio, hacerles creer erróneamente que todos los psicólogos deben ejercer la psicoterapia, o hacerles creer que gracias a ello se convertirán en excelentes profesionistas, entre otras; puede interpretarse incluso como antiético someter al alumno a un proceso que probablemente no requiere. Para ello, basta con sugerir y orientar (sin caer en psicoterapias de pasillo), a través de un departamento de psicopedagogía que opere dentro de normas institucionalizadas y como puente de canalización a otras instancias, las cuales pudiera requerir el alumnado de toda la universidad. Mi experiencia me ha mostrado lo importante y valioso que es que los clientes estén convencidos por sí mismos de acudir a psicoterapia, así se han logrado los principales objetivos planteados.

[1] Freud, Sigmund, Obras Completas, Ed. Amorrortu, Argentina, 2007, 24 T.

Sobre Psicoterapia, (1905 [1904]), T. VII.

 

Lic. Carlos Soto

Docente de la carrera de Psicología, UNIQ

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